Los tres últimos años bursátiles han sido muy positivos. Habrá quien pueda pensar que son muchos ejercicios seguidos y que al año 2026 ya le tocaría ser negativo. No tiene por qué.
En su corta vida, el Eurostoxx-50 ha tenido dos series de cinco años seguidos positivos (de 1995 a 1999 y del 2003 al 2007) y otra de hasta seis años seguidos (del 2012 al 2017). El S&P500 ha tenido las mismas dos series de cinco años, otra de ocho años (de 1982 a 1989) y otra que podría calificarse de hasta nueve años (entre el 2009 y el 2017), a no ser por un negativo muy leve (-0,7%) del 2015. El MSCI World ha acumulado periodos de siete años (de 1993 a 1999) y de hasta ocho años (de 1982 a 1989), y el índice japonés Nikkei-225 de hasta doce años seguidos (de 1978 a 1989) en números negros. Por poder durar, pues, esta fase bursátil favorable podría ser más longeva aún.
Hemos tratado en estas mismas líneas cómo la robustez actual de los resultados empresariales, las aún moderadas valoraciones y la ausencia de euforia empresarial, pese a la bonanza, soportan estas alzas. Hoy versaremos sobre el inversor, a quien sus imponentes ganancias parecen no afectar. Según las cifras de Inverco del mes de noviembre, los fondos de renta variable, lejos de sufrir una avalancha compradora, han tenido en el año una salida de dinero, que representa el 2,4% del patrimonio que estos fondos tenían a finales del 2024. Son, en cambio, los fondos de mercado monetario, los más conservadores, los que han tenido una fuerte entrada de dinero, del 23,1% de su patrimonio. No se detecta, pues, tampoco, un exceso de confianza inversora, todo lo contrario.
La euforia brilla por su ausencia o, en otras palabras, la falta de euforia es bella.
Artículo publicado en LaVanguardia el domingo, 04 de enero de 2026.